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Marirene  Muñoz A. Smith
Marirene Muñoz A. Smith

Autora

Esta semana, el 18 de julio, hubiera estado de cumpleaños uno de los seres más importantes en mi vida, mi abuelita materna Estelita, o conocida por muchos como «Doña Estelita», y quienes algunos de ustedes quizás tuvieron la oportunidad de conocer. Hoy, al visitar el baúl de mis recuerdos y nostalgias, encontré unas letras que escribí en mi natal Quetzaltenango, días después de su partida, y las deseo compartir con ustedes:

«Este fue un viaje totalmente diferente. Fue tan de repente, sin planificarlo, no iba a viajar, todo estaba bien. Pero, no fue sino hasta el miércoles 13 de noviembre de 2019, que mi mamá me informó telefónicamente y con angustia que mi abuelita Estelita estaba hospitalizada por un conato de infarto que le había atropellado en la madrugada, problema de salud que desde hacía años había sido la causa de repetidas y mútliples visitas a la emergencia.

Sentí en mi corazón que este ingreso al hospital sería distinto, y así fue. Al día siguiente, temprano en la mañana, mi hermana Lucía, me llamó para decirme que mi abuelita había sufrido un paro cardíaco, que había quedado sin vida por un período de cinco minutos, pero que los médicos habían logrado resucitarla, que estaba conectada a un respirador artificial, por lo que me sugería que alistara mi equipaje para viajar a Guatemala a la mayor brevedad, y así lo
hice junto con mi esposo.

Desesperé y rompí en llanto, la emoción de impotencia, angustia y tristeza agobiaron mi ser, pero al mismo tiempo, en el fondo de mi corazón sabía que ya había llegado su tiempo de partida. Ella lo pedía continuamente a Dios, estaba muy cansada, aunque siempre brillaba en ella la alegría y buen humor que siempre la caracterizó, ya deseaba reunirse con Papá Dios, como ella decía y creía, habiendo sido una mujer de fe y amor por Cristo Jesús. El día anterior, tuve la oportunidad de hablar con ella por medio de una videollamada, y fue muy triste despedirme de ella, aunque me encontraba en el trabajo en ese momento, no pude contener las lágrimas y desesperación por ver con ojos espirituales la tormenta que se venía. Le pude agradecer todo su amor, dedicación y acompañamiento todos esos años de su vida en la mía.

Doña Estelita, como todos cariñosamente le decían, fue una abuela ejemplar, única, amorosa, entregada a sus nietos. Fue mi ejemplo de valentía, responsabilidad, honestidad y me enseñó a creer en mí y en mis sueños. Me dio el regalo más grande que me pudo haber otorgado, mi madre, Sonia. A la edad de siete años, ella me enseñó que la expresión «NO PUEDO», no debía formar parte de mi vocabulario y menos de mi actitud. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Fue durante una jornada laboral en la Universidad Rafael Landívar, en donde ella prestó sus servicios secretariales y administrativos durante más de 30 años, cuando me entregó ese artículo que instaba a las personas a eliminar esa frase de sus labios, pero aún más de su pensamiento.

Fue su influencia la que me hizo convertirme en Secretaria Bilingüe. Cada vez que la visitaba en su oficina se impregnaba en mí un deseo inevitable de llegar a ser como ella. Amaba el olor a oficina, máquinas de escribir, papeles, teléfonos, etc. Ella me enseñó taquigrafía de la mejor manera, incluso antes de iniciar mis estudios de diversificado en esta área. Doña Estelita, mi abuelita, fue mi amiga, muchas veces mi confidente, mi apoyo, mi motivación, mi maestra, mi ejemplo de tenacidad y resiliencia. Ella lloraba conmigo, pero también se gozaba con mis logros por pequeños que fueran, y con los de sus hijos y demás nietos. Lágrimas rodan en mis mejillas al recordar la esencia de mi abuelita, a quien físicamente ya no podré ver en esta vida, pero por la esperanza y fe en Cristo Jesús, sé que la volveré a ver y encontrar con gozo y sin sufrimiento.

Dios, aún nos dio el privilegio a mi esposo Aaron y a mí, de visitarla unos breves minutos en el hospital en donde se encontraba. Allí estaba, tendida en una cama, conectada a mil tubos y aparatos, sondas, y un bip continuo que no sabíamos a qué hora dejaría de sonar, pero sentíamos que no duraría mucho. Dios en su misericordia, aún me dio tiempo de darle el último adiós. Tuve diez minutos para decirle que estaba allí, junto a ella, que la amaba, que le agradecía a Dios por su vida en la mía. Le dije que se podía ir tranquila, porque Jesús la estaría recibiendo; que pronto podría saltar, correr, y vivir libremente por la eternidad. Que las calles de oro que ella anhelaba ver, la esperaban ansiosamente. Le susurré con besos en su frente, que nos haría mucha falta, pero que estaríamos tranquilos de su gozo en la vida eterna. Aunque estaba dormida, sabía que su alma me escuchaba, y así fue, porque me guiñó ligeramente su ojo derecho. Está clínicamente comprobado que el sentido auditivo es el último que deja de funcionar en el ser humano.

Cinco horas más tarde, recibimos la llamada que nadie desea escuchar. Sí, mi abuelita Estelita, había dado su último respiro, y ahora ya formaba parte de la creación de Dios en el cielo, tal y como ella me lo había expresado hacía dos semanas, anhelaba profundamente trascender a su verdadera casa. Sus amados hijos Margarita, Sonia y Luis Raúl, por quienes luchó con amor y valentía, tuvieron la satisfacción de cuidarla en diferentes maneras, de velar por ella y
despedirse a tiempo, al igual que mi hermana Lucía, mis primas Marijose y Ana Margarita , sus yernos César y Julio, y familiares que siempre estuvieron allí para consentirla.

En ese momento, experimenté una extraña pero válida sensación de que una parte de mí se iba con ella, pero luego comprendí, y hasta el día de hoy entiendo, que en realidad cada memoria con ella, complementa mi existir. Compartimos tanto, días de campo, visitas frecuentes en su casa, pijamadas, viajes, carcajadas, salidas a bicicletear en las mañanas de domingo y durante vacaciones, idas al cine y teatro, etc. Pero, también compartimos lágrimas, visitas al hospital, y funerales como el de mi hermano David Estuardo, su único nieto varón, cuyo desceso a temprana edad, impactó su existir. Era culta, elegante y de mucho ambiente; le encantaban los temas de política, y era fan del fútbol, tanto así que como medida de precaución debía colocarse un parche que le prevenía de un infarto, ya que el grado de emoción que experimentaba era particular para su género y edad. Además, llenó más de un álbum de estampitas del Mundial de Fútbol, su emoción por conseguir las famosas estampitas nos llevaba a los nietos a mover cielo, mar y tierra con tal de obtenerlas y que completara su álbum. A no ser por el proceso natural de la vejez, su alma lucía y reflejaba la alegría y fuerza de su juventud.

Recuerdo cuando la llevábamos o acompañábamos a misa, y luego nos disfrutábamos un concierto radial de marimba pura en busca de unos chicharrones crujientes con tortilla o unos churros en el parque central de Xela. Siempre le gustó bailar, cantar y soñar. En cada reunión familiar, ella era la alegría de grandes y chicos. Siempre tenía un tema de conversación interesante. Fue un ejemplo de vida no solo para su familia, sino para todo aquellos quienes tuvieron el privilegio de conocerla, incluidas múltiples generaciones de directores, docentes, estudiantes universitarios y profesionales que la tuvieron y siguen teniendo en gran estima. Este es su legado legado».

El día de hoy, gracias a la tecnología, tengo la oportunidad de recordar su voz, de escucharla a través de las diferentes notas de voz que intercambiábamos. Sus consejos y amor en sus palabras inyectan una doble dosis de dopamina en mi ser, al igual que verla en cada una de las fotografías que plasmaron nuestros momentos juntas y en familia.

No es mi intención inyectar nostalgia por medio de este artículo, pero si has pasado por alguna situación similar a la mía, sé que me entenderás. Hoy, en conmemoración al amor e influencia de mi abuela es quise compartir este sentimiento contigo, respetable lector. Sé, que mi abuelita no podría estar en mejor lugar, y eso me llena de paz. Si hoy estás experimentando una situación similar, te recomiendo que no reprimas tus sentimientos hacia ese ser querido, ámalo y disfrútalo, y si ya no está, refúgiate en el Consolador más grande que es Dios, y contempla con alegría y satisfacción las memorias con ese ser que nadie te podrá arrebatar. Los volveremos a ver en la eternidad.

               Esta foto capta claramente la personalidad de "Doña Estelita"

Aquí una de sus melodías favoritas en marimba